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Salen a la luz los siniestros asesinatos de la banda de los `Pishtacos´

La leyenda quechua del pishtaco, que asalta a hombres y mujeres en Perú para comerse su carne y vender su grasa, se ha hecho realidad con el descubrimiento de algunos de los crímenes más atroces de la última década en el país americano, y cuya verdadera causa había permanecido oculta debido al conflicto constante en la zona con los narcotraficantes, a cuyas acciones se habían atribuido las víctimas.

Las desapariciones en el Valle del Huallaga se debían a la banda de Los Pishtacos de Huallaga, que en la última década habrían asesinado a más de sesenta personas, la mayoría campesinos de la zona que no denunciaban los hechos por miedo y superstición. Tras meses de investigaciones y la captura de tres de los miembros de la banda, la policía ha destapado el modus operandi llevado a cabo en los atroces asesinatos rituales, cuyas víctimas eran degolladas para extraer más tarde sus tejidos grasos y venderlos a 15.000 dólares el kilo a extranjeros para la fabricación de cosméticos, protectores solares e incluso medicamentos.

La banda, que tenía 17 litros de grasa humana en stock que aún no había sido comprada, estaba compuesta por diez personas entre hombre y mujeres, que fueron descubiertos cuando los agentes se hicieron pasar por potenciales compradores de la grasa humana, por lo que se les dio una muestra que tras pasar las pruebas de ADN coincidía con Abel Matos Aranda de 27 años de edad, el último desaparecido, cuyo tórax fue encontrado en una vivienda de adobe en un recóndito lugar del valle del Monzón, donde la banda realizaba sus terroríficos asesinatos.

Serapio Marcos Veramendi, que fue pillado en pleno proceso de destilación, confesó que lleva más de diez años realizando el mismo proceso con diferentes personas, primero se les cortaba la cabeza con una hoz, siendo ésta arrojada a un acantilado llamado Cerro Quemado, para más tarde desmembrar a las víctimas, y finalmente extraerles la preciada grasa que embasaban en botellas de gaseosa y enviaban a Lima, la capital, para su posterior venta a precio de oro.

Imagen: Elmundo.es

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